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jueves, 11 de febrero de 2010

Una rosa en el desierto (relato corto inacabado)




UNA ROSA EN EL DESIERTO

Una rosa en el desierto es un oasis

CAPÍTULO PRIMERO
LA VENTANA

El señor Höss acarició, una vez más, los libros de su ordenada biblioteca como tratando de absorber su contenido. No era ya un gran lector como lo había sido en su juventud; le costaba concentrarse, y la visión había empezado a fallarle hacía unos años. Procuraba aprovechar la luz de los rayos solares ya que la que despedía el candil no era bastante para sus fatigados ojos. Poseía una amplia casa bastante alejada de la ciudad que le permitía almacenar, con cierta comodidad, todos aquellos tesoros adquiridos a lo largo de los años. Alguna vez había viajado a Washington por motivos profesionales, y cuando disponía de algún tiempo libre, disfrutaba recorriendo los viejos almacenes de libros encontrando, a veces, algún título de su interés.
Tenía como vecino a un viejo poeta judío, Leonard Cohen, a quien había descubierto hacía más de treinta años cuando todavía vivía en Alemania. Desde entonces y a pesar de las dificultades de distribución, lógicas para aquella época, había seguido la trayectoria del escritor; ahora, la casualidad les había convertido en amigos. Muchos días, a la caída de la tarde, acomodado en su escritorio esperaba a Leo, quien con su peculiar voz ronca le leía algunos poemas.
La ciudad era todo menos acogedora. Los primitivos habitantes, emigrantes irlandeses, controlaban el comercio y, aunque se detestaban entre sí, formaban un clan cerrado en el que era imposible entrar; mucho menos para un emigrante alemán como él.
El invierno de 1909 fue especialmente desapacible. El frío viento arrancaba de cuajo los abrótanos que, ya sin sujeción, rodaban por las calles descontroladamente. Cuando cerraban colmados y almacenes la población se encerraba en sus casas; únicamente permanecía abierto el “saloon”. Höss lo había frecuentado muy pocas veces: se sentía incómodo entre aquellos hombres groseros y aquellas mujeres alocadas.
Aquella tarde del mes de febrero el poeta no acudió a su habitual cita. Höss, abstraído en sus pensamientos, decidió dar una vuelta por la ciudad. Recorrió sus calles vacías y, casi sin darse cuenta, se encontró frente al “saloon”. El local se llamaba “Friendly” y estaba regentado por un rico irlandés llamado Therry. Observó, tímidamente, el interior desde la ventana y dudo un instante antes de decidirse a entrar. A fin de cuentas la puerta abatible del mismo le permitía abandonarlo rápidamente en cualquier momento. Dio unos pasos vacilantes y lo que observó le abrumó. Todo era suciedad y desorden, pero lo que más le alteró fue el aspecto de la mayoría de los clientes: cazadores, vaqueros y mineros vociferaban inopinadamente con un lenguaje procaz. Las bailarinas y cantantes se acercaban a aquellos grupos de hombres jaleando su tosquedad. En algunas mesas alejadas del alboroto unos pocos clientes más cultivados, la mayoría hombres, consumían las horas observando el bullicio.
No pidió nada al “barman” y buscó acomodo en la zona más tranquila, saludando levemente a algunos conocidos. Se le acercó una de las chicas conocida como Moonligh y le pidió que le invitara a una copa. Con desdén, pero sin tratar de ofender, pago la copa de la chica quien tras unos minutos y ante su indiferencia apuró el vaso y se levantó.
Otra mujer, de mediana edad, le observó durante unos momentos y se acercó a su mesa. Le dijo que vivía en la capital, que estaba de paso y que había entrado a “Friendly” a cobijarse del frío. Al principio, no supo que opinar toda vez que ella le espetó un par de frases desvergonzadas a las que contestó sin demasiado entusiasmo, hasta que se dio cuenta de que solamente pretendía estudiarle y congeniar, que su descaro había sido solo una estratagema. Ella tenía una habitación alquilada al otro lado de la calle y le señaló cual era su ventana. Salieron del “saloon” casi simultáneamente pero por separado. La curiosidad fue mayor que el deseo que tenía de volver a su casa y, en la fría noche se acercó a la ventana. Aquella mujer estaba dentro de la habitación y al observar a Höss en la calle abrió una de las hojas. Hablaron unos minutos de cosas intrascendentes; ambos se presentaron. Se llamaba Rose. Tras la breve conversación ella se disculpó, estaba cansada pues había madrugado bastante pero le dijo que si algún día pasaba por allí podían volver a hablar.
La tarde siguiente el viejo Leo estaba enfermo y no acudió a su habitual cita. Decidió acercarse al centro de la ciudad pero sin ninguna intención de entrar en el local de Therry; en su lugar, se acercó a la ventana abierta de aquella mujer; estaba inquieto y sabía por qué. Ella, dentro de la habitación, al observarle le saludó con amabilidad, aunque se le notaba algo agitada.
Sin que él le preguntara le espetó:
- Soy enfermera; ahora mismo estoy curando a un enfermo.
A Höss le llamó la atención encontrar a una mujer cultivada en aquel agujero, pero por prudencia no quiso preguntarle más para no incomodarla. También le chocó que llevara lentes. Él también las utilizaba habitualmente. Perdió vista cuando estudiaba leyes en la Katholische Universität Eichstätt-Ingolstadt. Como adivinando su pensamiento ella le dijo:
-Un hombre fue el causante de mi pérdida de visión. He sido muy infeliz por su causa, pero aquello ya pasó. Mi trabajo me ha permitido sobrevivir y cuidar de mis hijas. Ahora ya son mayores y estudian en Washington; viven en la casa que tengo allí.
Estuvieron hablando, guardando las distancias, hasta que se hizo de noche, pero la complicidad hizo que, casi sin darse cuenta, al final de la conversación se tutearan. Rose se encontraba melancólica, y finalmente volvió a disculparse como el día anterior: tenía que preparar unos informes y mandarlos por telégrafo a la mañana siguiente al médico de Laramie; Höss no protestó, aunque internamente lo sintió.
Pasaron un par de días hasta que volvió a la ciudad; después de estar unas horas en la destartalada biblioteca municipal decidió acercarse a visitar a Rose. Encontró como en días anteriores su ventana abierta y a ella preparándose un tentempié. El sol caía.
-Estoy hambrienta, ¿sabes?. No he comido nada en todo el día; el trabajo no me lo ha permitido. Por la ventana salía un olor dulzón y agrio a la vez. Tenía en el horno una “cheese cake”.
Volvieron a conversar como en días anteriores, con familiaridad. Ella se encontraba exultante. Había recibido dos telegramas desde Washington. En uno de ellos la menor de sus hijas le comunicaba haber superado unas pruebas escolares; para celebrarlo estaba cociendo en el horno la tarta que más agradaba a su pequeña. Hablaron de lo importante que era la noticia y de lo mucho que suponía para su hija haber superado aquel reto. Empezaron a darse cuenta de que podían hacerse pequeñas confidencias, compartir lo que les ocurría y que parecía estar surgiendo una amistad entre ellos. Ella, por otra parte, se mostró desazonada pues estaba cercano su cumpleaños y le aterraba la decadencia física.
- ¿Y qué dice el otro telegrama?, le pregunté.
- Mañana debo partir a Washington. Cogeré el primer ferrocarril desde Laramie. Debo presentar unos trabajos en la Escuela de Enfermeras para ampliar mi preparación.
Me despedí de ella no sin aflicción. Le dije que si alguna vez iba a la capital esperaba que me invitara a cenar, como amigos que éramos. Al darme la vuelta y mientras me alejaba gritó:
-Höss, ¡ espera!. A un amigo se le puede dar la dirección, pero no dijo nada más.
Me extendió una nota manuscrita con su dirección en la capital y unos números que adiviné eran los de su teléfono. En aquella ciudad donde estábamos sólo existía uno en la Oficina de Telégrafos. Me explicó que se lo habían instalado un año antes los empleados de la American Telephone and Telegraph Company. Recalcó que me lo daba en calidad de amigo.
En los días siguientes me acerqué a la ciudad varias veces, unas dando un largo paseo, otras aprovechando la diligencia, dado que pasaba cerca de mi propiedad. En todas las ocasiones miré desde la calle el interior de la habitación donde había estado alojada Rose esperanzado de que aún estuviera allí. Pensé que aquellas dos ventanas se habían cerrado para siempre.
Leonard seguía enfermo y pasé a visitarle varias veces. Me mostró una hoja escrita con letra temblorosa con el último poema que había escrito. Se titulaba “Dama de invierno”
Dama viajera, quédate un rato
hasta que se acabe la noche.
Sólo soy una estación en tu camino,
yo sé que no soy tu amante.

Bueno, yo viví con una chica de nieve
cuando era un soldado
y peleé con todos los hombres por ella
hasta que la noche se volvió más fría.

Ella solía llevar el pelo como tu
excepto cuando estaba durmiendo
y entonces ella lo trenzaba
con humo y oro y aliento.

Dama viajera, quédate un rato
hasta que se acabe la noche.
Sólo soy una estación en tu camino,
yo sé que no soy tu amante.



Aquélla lectura me turbó y me di cuenta de que necesitaba comunicarme con aquella mujer misteriosa y afable a la vez. Me resultaba fascinante su entereza, su independencia. También sabía que estaba necesitada de amistad, al igual que yo.
Leonard empeoró. Mediaba el mes y el invierno. Me acerqué a la ciudad a comprarle sus medicinas. Aprovecharía el viaje para recoger en la oficina telegráfica la comunicación del Departamento del Tesoro confirmando mi asignación por el tiempo que había ejercido de juez federal del Estado de Wyoming en Laramie. Era lunes por la mañana. Compré los frascos medicinales y entré en la oficina de la ATTC.
El empleado me dio la misiva de la que yo era destinatario y, de forma impulsiva, le pregunté si se podían efectuar llamadas por teléfono; me respondió afirmativamente, el teléfono funcionaba.
Tuve un impulso; Rose se encontraría en su casa almorzando pues allí ya era mediodía, pero no me atreví a llamar, pero ¿para qué me había dado aquella mujer su dirección y teléfono?. Respiré profundamente y me decidí a mandarle un telegrama; el texto era el siguiente:
Rose, me dijiste que estaba próximo tu cumpleaños. Me tomo la libertad de desearte muchas felicidades. Höss
Antes de abandonar la estafeta recapacité y le mandé otro mensaje telegráfico.
Mi amigo Leonard está bastante enfermo. Tengo que prestarle toda la atención posible. Tu amigo Höss
Pagué al empleado los treinta centavos de cada telegrama y salí de la oficina. Ahora, casi me estaba arrepintiendo de lo que había hecho. ¿Cómo reaccionaría ella?. ¿Se sentiría incomodada, molesta, hostigada?. Cogí la diligencia y volví a mi propiedad. Pasé a ver a Leonard. Su estado había mejorado pero el padecimiento unido a su avanzada edad habían transfigurado su rostro. Necesitaba continuos cuidados. Al día siguiente volvería a la ciudad a comprar más medicinas. Me enfrasqué en la lectura a pesar de que hacía ya una hora que el sol de había puesto.
Pasé la noche inquieto, pensando en aquella mujer. Su rostro, por el transcurso de los días, se iba borrando en mi memoria, no así su recuerdo. No tenía pensamientos obscenos como los que pueden alborotar la cabeza de un jovenzuelo, pero el hecho de que abriera sus manos en aquel sórdido local vigorizaba mi ánimo. Al día siguiente me levanté muy pronto y decidí ir a la ciudad andando. Por más que trataba de recordar el óvalo de la cara de Rose cada vez se difuminaba más, no así sus palabras. De hecho era la única amistad femenina que había encontrado en aquella perdida ciudad del medio oeste. Caminé pensativo enfrascado en mis cavilaciones y, sin darme cuenta llegué a la ciudad.
Volví a seguir la rutina del día anterior. Entré en la botica y me dispuse a coger la diligencia, cuando vi al empleado de la estafeta en la calle pronunciando mi nombre
-Señor Höss, ¡acérquese por favor!. Ha recibido usted dos telegramas.
Me acerqué presuroso, aunque no esperaba correo de nadie y entré tras el telegrafista. Me indicó que ambas misivas habían llegado la misma mañana, con un intervalo de dos horas. Firmé el recibo y me senté nervioso en un reservado para leer su contenido.
El primer telegrama recibido era de Rose. Había sido escrito de forma apresurada y nerviosa, como si tuviera prisa, pero no era ninguna reprimenda:
Muchas gracias Höss. Un abrazo. Rose
No había violentado su intimidad. Se mostraba agradecida. Respiré aliviado
Abrí el segundo sin detenerme a pensar en la identidad del remitente y leí:
Esa libertad que te has tomado me ha emocionado. Todo un detalle de tu parte. Rose
Me sentí aturdido pero feliz, tal vez no había medido el alcance que mi mensaje podía causar. Se notaba su sinceridad; sin pretenderlo había llegado a conmover a aquella mujer; aunque mis palabras no habían caído en la sensiblería ni ella, por lo que conocía tras nuestras conversaciones, era una persona afectada. No hacía mención alguna de la enfermedad de Leo, a quien por otra parte no conocía.
Cuando salía del establecimiento para coger la diligencia el aparato telefónico de la oficina sonó con un timbre quejumbroso. El aburrido empleado lo cogió con desgana y tras unos breves segundos, alzando la vista hacia mí dijo:
-Señor Höss, disculpe; es una llamada para usted
Era Rose. Acababa de llegar a su casa y había encontrado el telegrama en el que le daba cuenta del estado de salud de Leonard. Se ofrecía para, no obstante la distancia, ayudar en todo lo que sus conocimientos le permitieran. Su llamada me causó más impresión que los telegramas. Deseaba decirle cuanto le echaba de menos, cuanto agradecía su amistad y que su voz, por los días transcurridos desde su partida, sonaba en mis oídos desconocida pero cálida. No recuerdo ahora si fui capaz de articular alguna frase coherente. Creo que no fui capaz ni de agradecerle la llamada. Si me acordé de interesarme por su cumpleaños. Su onomástica era el día 19, tres días más tarde de mi telegrama. Muy próximo estaba también el mío. Pocas palabras más salieron de mi boca y además ella también desprendía nerviosismo, tal vez por el atrevimiento de llamar. Además la diligencia estaba a punto de partir y estaba próxima la noche. Me despedí apresurado y deseando, no obstante, volver a hablar con ella, ya que la lejanía nos impedía vernos por el momento.
Aquella noche descansé dichoso.

























miércoles, 10 de febrero de 2010

Sabores del mundo (reflexión)


SABORES DEL MUNDO
(Apuntes históricos- José Antonio Nuño Echelecu- Diciembre de 2009)
En la página 308 del volumen 19 de la Historia General de España y América, de los historiadores Manuel Espadas Burgos y José Luis Comellas se menciona el hecho histórico de la ayuda que el general Juan Domingo Perón, Presidente de la República Argentina presto al Régimen franquista en el año 1946, y cito textualmente “…..50.000 cajones de huevos……,20.000 toneladas de carne congelada…… El espaldarazo moral a aquel “pequeño plan Marshall a la criolla” como el propio General Perón lo definió ante el nuevo embajador español, José María de Areilza, Conde de Motrico, fue el viaje en el mes de junio de 1947 realizara a España “Doña María Eva Duarte de Perón”, como siempre llamó la prensa española a la “egregia dama” argentina…..”.
Soy de la opinión que la Historia del hombre es una repetición de hechos idénticos, en épocas diferentes, y provocados por las mismas decisiones y circunstancias.
Si analizamos el texto de Espadas y Comellas nos daremos cuenta de que el hecho objetivo es el envió de alimentos a un país arruinado por una guerra civil, aislado internacionalmente y a fin de paliar la hambruna del pueblo; no es fácil de explicar lo que pudo suponer para aquella famélica sociedad la llegada de 20 millones de kilogramos de carne de res engordada en la Pampa argentina, y todo ello engrandecido por una “campaña publicitaria” al estilo de los años 50, como fue el viaje de “Evita” a España y que incluso fue condecorada con la Gran Cruz de Isabel la Católica por el mismísimo Generalísimo Francisco Franco Bahamonde.
Estudiado el hecho histórico relatado, y para demostrar la repetición de los mismos, voy a plantear una tesis al efecto. Es la siguiente.
Hay que partir de los Reyes Católicos. Recordemos que a la primera dama argentina se le impuso la Cruz de la Reina Católica. Establecido este punto de inicio, recordemos que, tras la conquista del Reino Nazarí de Granada en el año 1491, y la marcha del rey Boabdil, permanecieron musulmanes en la Península Ibérica; es decir se trataba de musulmanes españoles. Aquellos que fueron bautizados de forma obligatoria tras la Pragmática de Isabel y Fernando del 14 de febrero de 1502, como los que voluntariamente se habían convertido al catolicismo romano con anterioridad, en adelante pasaron a ser denominados “moriscos”. Fueron numerosos en el sur de Aragón y el sur del reino de Valencia. De hecho, en éste suponían, aproximadamente un tercio de la población.
Avancemos 107 en la historia de España. En 1609, hace ahora 400 años, y bajo el reinado de Felipe III de Borbón, antepasado directo de Juan Carlos I de Borbón, ante la constatada difícil convivencia de los moriscos con los cristianos viejos, y la colaboración de algunos significados cabecillas de aquéllos con el rey de Francia, entonces en guerra con España, se decreta su expulsión. El 9 de abril de 1609 se tomó la decisión. Pero el proceso podía suponer problemas debido a la importancia en factores de población de dichos habitantes. Se decidió empezar por Valencia, donde la población morisca era mayor y los preparativos fueron llevados en el más estricto secreto. Desde comienzos de septiembre,
tercios llegados de Italia tomaron posiciones en el norte y sur del reino de Valencia y el 22 de ese mes el virrey ordenó la publicación del decreto. La aristocracia valenciana se reunió con representantes del gobierno para protestar por la expulsión, pues ésta supondría una disminución de sus ingresos, pero la oposición al decreto fue disminuida ante la oferta de quedarse con parte de la propiedad territorial de los moriscos. A partir del 30 de septiembre fueron llevados a los puertos, donde como ofensa última fueron obligados a pagar el pasaje. Los primeros moriscos fueron transportados al norte de África, donde en ocasiones fueron atacados por la población de los países receptores. Esto causó temores en la población morisca restante en Valencia, y el 20 de octubre se produjo una rebelión morisca contra la expulsión. Los rebeldes fueron reducidos en noviembre, no existiendo datos concretos de cuantos murieron a manos de los avezados mercenarios de los tercios, y se terminó con la expulsión de los últimos moriscos valencianos. Salen, en concreto de Valencia 118.000 moriscos. A excepción del primer contingente citado, la mayoría se fueron a América, y como frecuentemente eran denominados sólo «cristianos nuevos», generalmente se les confundía con los marranos, los cristianos nuevos de judío.
En aquellos momentos de total identificación entre la Corona de España y la Católica Iglesia, y con el enorme poder que ejercía el Santo Oficio, se planteó el problema higiénico-sanitario de cómo deshacerse de los cuerpos de los moriscos fallecidos, dado que la Inquisición, no obstante estar bautizados, se opuso a su enterramiento en los cementerios que tenían la consideración de lugar sagrado. El negro velo que cubrió la decisión que se tomó, por la confabulación entre el absolutista monarca y las jerarquías eclesiásticas, no me ha permitido, no obstante las largas horas de estudio que he dedicado al tema, resolver la cuestión de manera definitiva. No obstante, llegué a la conclusión de que los cuerpos fueron entregados a Enrique IV de Francia, para mortificación del mismo. El Borbón francés ordenó el traslado de los moriscos fallecidos a la capital, pronunciando la frase “París bien vale una misa”. Hasta ahí han llegado mis investigaciones.
Hoy, 15 de diciembre de 2009, vagando por Carrefour de Gandía, he decidido, impulsivamente, efectuar las compras de Navidad, y tras perder casi dos horas en la sección de libros, embelesado por esos mágicos objetos y por la miopía y presbicia que me impiden leer con claridad , me he encaminado al otro extremo del hipermercado a comprar el palo de una escoba, mayonesa, mayonesa con ajo, mojo picón y salsa caesar, todos ellos alimentos básicos de mi dieta; a mitad del trayecto he encontrado la explicación al enigma histórico sobre el destino que Enrique IV dio a los cadáveres de sus aliados los moriscos del Reino de Valencia. Un gran cartel colgado del techo del recinto rezaba: “moriscos congelados”. Dado que el monarca era hugonote por convicción, negó cristiana sepultura a aquellos cristianos nuevos. Los sucesivos gobernantes franceses, durante siglos, no habían sido capaces de enmendar aquel entuerto histórico.
Nicolás Sarkozy, en un contexto de crisis económica mundial, ante las dificultades del gobierno español por el desbordado déficit público, y como gesto de bienvenida a la Presidencia Española de la Unión Europea, ordenó remitir las 20.000 toneladas de carne corrompida de los que fueron aliados de la “grandeur” a Valencia, saliéndole los portes gratis al llegar a un acuerdo con la cadena de distribución de alimentos Carrefour., que naturalmente los congeló y envasó en paquetes de 500 y 1000 gramos, colocándolos estratégicamente entre los langostinos y el surimi. Como gesto institucional suplicó a Carla Bruni que le hiciera un pase de piernas a Rodríguez Zapatero., para regocijo de Jaime Peñafiel en su cruzada contra la plebeya divorciada princesa de Asturias.
Debemos dar gracias al general Perón que apaciguó la gazuza de nuestros padres, y a Nicolás Sarkozy por permitirnos darnos un capricho estas navidades. La historia se repite

Bibliografía consultada: Soylent Green, 1973, dirigida por Richard Fleischer, con
Charlton Heston, Leigh Taylor-Young, Edward G. Robinson, Chuck Connors, Joseph Cotten, Brock Peters, Paula Kelly, Stephen Young , Mike Henry, Whit Bissell